EL VERDADERO ENEMIGO DE LOS PUEBLOS ES LA GUERRA

*Por Martín Valenzuela, subsecretario de Nuevos Medios y Contenidos.

No soy de la generación Malvinas, sin embargo ese lugar de Argentina siempre estuvo presente en mi vida. Por avatar del destino tuve la dicha de viajar a Malvinas en 2017, a 35 años del conflicto armado de 1982. Un viaje a Malvinas, no es cualquier viaje. Es un desafío para cualquier argentino bien nacido.

El primer impacto es la necesidad de tener que llevar pasaporte. ¡Sí! Pasaporte para ir a un rincón de mi Argentina. Cuando el vuelo procedente de Río Gallegos posó en la pista de Mount Pleasant (Islas Malvinas) lo comprendí casi todo: la puerta de entrada para los visitantes es a través de una fortaleza de la OTAN situada a escasos 600 km de las costas patagónicas. Las pista de aterrizaje con sus cables de frenado para aviones militares, las pistas auxiliares de rodaje y la gran cantidad de hangares dispersos denota el poderío militar desplegado. Carteles con serias advertencias de “no tomar fotografías”, “cumplir con todas las normas de seguridad que impartan los guardias” (militares obviamente). Un proceso migratorio propio de una requisa carcelaria, y un corto recorrido por el interior de la Base Militar como para reforzar la idea del poderío de la potencia colonial usurpadora. El recorrido a Puerto Argentino consiste en una ruta enripiada y pavimentada de a tramos.

El paisaje es muy semejante a las cercanías de la ciudad de Río Grande en la Provincia de Tierra del Fuego, el viento será un compañero de ruta para los siete intensos días que me corresponderían vivir en Malvinas. Pasado el impacto inicial de tanta presencia militar caigo en cuenta en el privilegio que tengo de caminar esas mismas colinas que transitaron nuestros soldados. No puedo dejar de pensar lo que habrán sentido esos pibes de la capital o del interior del Chaco que cambiaron el calor de los cuarteles correntinos por la turba y el frío malvinero. Cada instante, cada centímetro de suelo, encierra una historia de vida de algún chaqueño en Malvinas.

Lo primero que recorrimos los integrantes de la comitiva (Héctor, Miguel, mi fiel compañero Aníbal y yo) fue el Cementerio Argentino de Darwin. Sólo quienes llegamos a ese rincón del mundo podemos dimensionar el impacto que produce ver esas más de 230 cruces: El alma se nos hizo pequeña, el corazón latía acelerado, alguna lágrima nos enfríaban las mejillas. El cementerio estaba “desordenado” producto de los recientes trabajos del Equipo Internacional de Antropología Forense encargado de destapar las 123 tumbas de los “soldado argentino sólo conocido por Dios” y devolver los nombres a esos 123 Héroes Nacionales, que a la postre son el motivo de la conmemoración del 2 de abril. Siendo ya 2019 reconforta saber que 22 de los 25 chaqueños fueron identificados, y que esas familias hayan conseguido aliviar sus irreparables pérdidas.

Ese mismo día también visitamos el cementerio inglés de San Carlos. Creí que la bronca y el patriotismo me iban a generar un sentimiento de desprecio hacia los caídos ingleses, pero ni bien ingresamos comprendí que el mal de la guerra era igual para todos, y que en realidad el verdadero enemigo de los pueblos es la guerra. Pude allí dimensionar el significado de una contienda bélica, aunque a tal sentimiento lo puede coronar recién cuando visité los campos de batalla de Monte Longdon, Monte Harriet y Tumbledown.

Es increíble que transcurrido tanto tiempo, algunas posiciones y trincheras de nuestros soldados se conserven tan bien; cocinas de campaña, casquillos de bala, estacas, garrafas, cañones y bases de ametralladoras y morteros permanecen incólumes. ¿Cómo no conmoverse al descubrir una pila de borceguíes y plantillas de zapatillas Flecha y Pampero en las laderas de las colinas? Asombra ver las llagas en la tierra producto de las bombas, los cables de comunicaciones los ayudaron a detectar posiciones y centrales de fuego. En la cima de Monte Longdon hay una cruz metálica donde veteranos argentinos e ingleses dejan los recuerdos de sus visitas en un libro que se conserva dentro de una vieja caja metálica de municiones.

A escasos metros de esa cruz, murió aferrado a su fusil Darío Rolando Ríos de La Escondida, que junto a Baldini y Orozco fueron de los primeros en enfrentar a los paracaidistas británicos que ascendían por una ladera llena de piedras filosas. A espaldas de la cima está “La Olla”, el lugar donde muchos del RI7 de La Plata hicieron la resistencia contra el embate de los ingleses. Al auxilio de ellos, un grupo de 42 soldados de la Compañía C acudieron en su ayuda. Se destacó un muchacho de condición muy humilde, que había perdido casi 18 kg, pero con una grandeza inconmensurable. Miguel Ángel Falcón de Barranqueras enfrentó a los atacantes con el fusil cruzado sobre la espalda para poder aplaudir mientras arengaba a sus camaradas a no bajar los brazos y a tener el valor necesario para defender ese pedazo de suelo Argentino. Miguel Ángel también murió, estuvo sepultado en Darwin por 35 años sin que su nombre figurara en una lápida. Monte Harriet merece un párrafo aparte. Héctor me contaba que era la primera vez que lo iban a recorrer.

A la trepada la hicimos a paso lento, un poco por el cansancio que nos generaba y otro poco para poder interpretar los planos de la batalla y de las posiciones argentinas. Primero “descubrimos” el puesto de mando del Regimiento de Infantería N°4 de Monte Caseros por la presencia de restos de las radios y baterías, luego detectamos la ubicación de los morteros pesados y por ende supimos los lugares por los que Eduardo Gómez de Villa Berthet y Alejandro Ayala de Tres Isletas anduvieron respondiendo al fuego de ataque de los ingleses. A no mucha distancia pudimos distinguir el extremo oeste de Monte Tumbledown, donde los muchachos de la Compañía NÁCAR del BIM N°5 se la hicieron bien difícil a la Guardia Escocesa.

Ya en Tumbledown descubrimos la posiciones de combate en las que Juan Carlos Dábalo (de Barranqueras) BIM N°5 y Adolfo Vallejos (de Resistencia) RI4 encontraron la gloria. Con este pequeño relato quiero transmitir que visitar Malvinas en lo personal me convirtió en un mejor argentino porque pude comprender la dimensión de la dignidad de nuestros ex soldados combatientes de Malvinas. Tal como me lo decía Héctor, es increíble lo cerca que están las Malvinas del Chaco.

Las historias de nuestros caídos chaqueños resignifican cada espacio insular. A pesar de que la decisión de ir a la guerra respondió a intereses muy coyunturales de la Junta Militar, no podemos soslayar el esfuerzo, devoción y coraje puesto de manifiesto por parte de los jóvenes conscriptos chaqueños. Cada vez que nos cruzamos con uno de ellos caemos en la pregunta equivocada: ¿Cuántos ingleses mataste?, obviando preguntar: ¿Qué se siente defender a la Patria?

Perturbador resultó enterarme que en muchos casos el “verdadero o peor enemigo” no estaba enfrente, sino al costado o detrás. Me refiero a los oficiales y suboficiales argentinos que estaquearon, hambrearon, mal trataron y torturaron a su propia tropa. Me resultó increíble saber que cuando nuestros pibes volvieron en condición de prisioneros de guerra, los tuvieron ocultos, los llevaron a “engordar” y asear a distintas unidades militares. Del fervor de “Argentinos a vencer” de abril y mayo, se había pasado al mutismo absoluto a partir de junio-julio de 1982. Al momento de recibir la baja del servicio militar las autoridades militares le hicieron firmar verdadero pacto de silencio a cambio de la vaga promesa de recibir vivienda, atención de la salud, educación y trabajo.

A partir de 1982 se les acuñó la terrible frase de “locos de la guerra”, que los inhabilitaba socialmente para tener trabajos dignos o para acceder a estudios de terminalidad educativa, terciarios y/o universitarios. La misma sociedad que los vivó en abril del 82 fue la misma que los negó, y que colaboró con la invisibilización del colectivo de los ex soldados combatientes. Entonces ¿Qué podemos hacer por ellos? En primer lugar, respetarlos, escucharlos, y por sobre todas las cosas, cumplir con nuestro rol de ciudadanos respetando las leyes que colaborara con la integración regional latinomericana, elevando nuestras voces ante cualquier entrega del patrimonio soberano argentino.

El concepto “soberanía” no puede ser reemplazado por el de “negocio” o “unidad de negocios”, máxime aun cuando las ganancias o utilidades de los emprendimientos den la espalda al gran pueblo argentino, y no contemple la conservación y equilibrio ecológico de los mares australes.

Greenpeace nos sorprende con la virulencia con la que observa los desmontes de nuestro Impenetrable, pero es totalmente ausente e impávida ante el riesgo de catástrofe ecológica por la explotación petrolera de nuestros mares australes por parte de consorcios británicos. La cada vez más cercana explotación de hidrocarburos en los mares adyacentes a Malvinas generaría una ganancia inicial en los primeros 10 años de unos 800.000 millones de libras esterlinas. Imagino por solo unos segundos lo que implicaría para los argentinos que parte de esas ganancias correspondieran a nuestro Tesoro Nacional. ¿Cuánto dinero dispondríamos para sacar de la pobreza abyecta a millones de argentinos? ¿Cuántas obras de infraestructura podríamos concretar? ¿Cuántas escuelas y hospitales con equipamiento de primer nivel podríamos conseguir?; Qué fácil sería cancelar las deudas con los acreedores externos que subyugan a nuestra alicaída economía.

Y todo ello, por hablar de un solo ítem de potencial económico. Podríamos sumar el recurso ictícola que es literalmente depredado por flotas extranjeras, o con patente de pesca expedidas por el gobierno colonial de Malvinas. Si nos atrevemos a usar un mapa bicontinental de Argentina nos daremos cuenta inequívocamente que las Islas Malvinas y Mares australes no están en el confín del país, muy por el contrario, constituyen el corazón y médula de la Nación.

Por todo lo relatado, ¿Cómo no recordar que el 2 de abril es el día que debemos dedicar a honrar la memoria de nuestros Caídos en Malvinas y de los ex soldados combatientes que expusieron sus vidas para defender nuestras tierras irredentas? Cuando los veamos desfilar con sus chaquetas camufladas y luciendo en sus pechos las medallas y condecoraciones no dudemos en aplaudirlos, en saludarlos y vivarlos pues son una parte viva de nuestra historia.

Durante mucho tiempo, como sociedad les hemos dado la espalda, les hicimos sentir vergüenza por una derrota militar de una guerra cuyos autores intelectuales nunca abandonaron la comodidad de sus despachos en Buenos Aires. La Causa Malvinas está por encima de cualquier división política, ideológica y de credos de los argentinos, pues la Causa Malvinas es lo que distingue al ADN de los hijos de esta gloriosa nación argentina.

Conocer Malvinas me hizo mejor persona, me ayudó a dimensionar el esfuerzo y valor de nuestros soldados, me permitió conocer la real dimensión de nuestro territorio y del pueblo argentino. Por ello, en este 2 de abril, Día del Veterano y Caído en la Guerra de Malvinas, mi gratitud y respeto eterno para estos bravos argentinos. Honor y Gloria para ellos. ¡Qué orgullo ser hijo de esta tierra bendita! ¡Viva la Patria!

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